Siempre me ha fascinado la inclinación natural del ser humano a ser nómada, ese impulso ancestral de moverse de un lugar a otro por razones tan diversas como complejas. Quizá la primera motivación fuera la más instintiva: huir del peligro, evitar ser capturado, sobrevivir. La necesidad de salvar la vida marcó los primeros pasos de nuestra especie
La segunda razón fue la búsqueda de entornos que facilitaran la subsistencia: tierras fértiles, agua, clima benigno. Lugares donde las necesidades básicas pudieran ser satisfechas con algo más de facilidad.