Con Blasco Ibáñez y Gozzano entre el auditorio.

En la rica mitología griega Terpsícore era la musa patrona de la danza, una joven hermosa a la que
normalmente se le representaba vestida como un aedo y coronada con laureles. Su nombre está formado
por los términos τέρπω, térpō (“dar placer”, “animar”), y χoρός, chorós (“bailar”). En el primer vocablo vemos
una cierta unión entre ese placer atribuido al arte de la musa y lo que la danza misma, como “hija” suya,
suscita en el auditorio, como espectáculo sensual y arrebatador. Al hilo de esto, no queremos pasar por alto
ahora que para algunos autores1
Terpsícore era la madre de las sirenas, seres mitad mujer mitad ave que
poseían una voz hipnótica, que hechizaban a los hombres con su canto, lo mismo que algunas bailarinas lo
hicieron con su cuerpo al son de la música (Salomé, las denominadas puellae gaditanae del sur de la Bética,
que hicieron enloquecer a los antiguos romanos, etc.).

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Con Blasco Ibáñez y Gozzano entre el auditorio.
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